jueves, 26 de julio de 2007

DE ROBOTS Y TONTOS

En un principio, cuando aparecieron las máquinas se creyó que podrían llegar a desarrollar inteligencia. No contentos con ello, la ciencia ficción habló del día en que intentaran dominarnos. Poco después se vio que era imposible. El robot no piensa, no siente, no vacila; el robot descarta opciones que no coinciden con los parámetro que le han introducido. Si ninguno encaja, se para. Es, en resumen y hablando en plata, un borrego.
Y como de los borregos se puede esperar poco, nosotros, los inteligentes, hemos empezado la migración hacia el lado oscuro. Los primeros síntomas son difíciles de detectar: no te escribo porque no funciona el mail, no te veo porque el portero automático no funciona y no voy a subir tres pisos para que luego no estés, y prefiero decirte que “traigas mucha cerveza” porque no el corrector del word no me especifica si es “mas, o más cerveza”.
Pero de pronto un día, los síntomas del borreguismo, se vuelven claros:
Leo en las noticias que en los juegos olímpicos de Pekin está prohibido besarse en público. No es por pudor, ni por higiene. Lo que ocurre es que los robots cuando detectan esa proximidad entre dos cuerpos lo clasifican como robo o atraco y disparan la alarma.
Como podéis imaginar, es más fácil prohibir el beso que reprogramar un robot que, al fin y al cabo, todos sabemos que el pobre es tonto del bote.

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