domingo, 14 de octubre de 2007

Macho ibérico.

Diez años hace que apareció la pastilla azul que levanta pasiones, abre caminos en túneles cerrados, arranca gemidos en gargantas largamente calladas y devuelve la confianza a los que nunca la tuvieron.
Pero también se ha cargado en su corta existencia el mito y la fama tan bien ganada por los machos ibéricos.
Tantos siglos de sudores y jadeos, de empujones sobre colchones de paja, y de lana. Escaramuzas con los pantalones en los tobillos en los pajares y otras memorables escenas sobre la mesa de la cocina. Tanto esfuerzo, tanta cultura popular sabiamente transmitida de padres a hijos que de pronto se esfuma con echarle un vistazo a las estadísticas.
Hasta hace poco los españoles éramos toros y las suecas venían aquí en busca de nuestros embistes.
El años pasado, esos machos ibéricos nos hicimos con 1.731.755 cajas de Viagra y similares y eso deja el mito del macho ibérico, por los suelos. O lo que es lo mismo, demuestra que es solo un mito.

Al menos nos queda el jamón.